Diane se acercó para despedirse.

– No hay dinero en este mundo para forzarme a revivir mi adolescencia -me dijo, rozando su mejilla con la mía-. Me vuelvo a la Costa Dorada. Y definitivamente me quedo allí. Cuídate, Warshawski.

Me dejó con un temblor fugaz de zorro plateado y Opium.

Caroline revoloteaba con ansiedad en torno a los vestuarios, temiendo que me fuera sin ella. Estaba tan tensa que empecé a sentir una cierta inquietud sobre lo que fuera a encontrarme en su casa. Se comportaba exactamente igual que aquel fin de semana que me arrastró a su casa desde la universidad, en teoría porque Louisa tenía mal la espalda y necesitaba ayuda para cambiar una ventana rota. Una vez estuve allí supe que Louisa esperaba de mí una explicación de por qué Caroline había donado la sortijita de perlas de su madre a la marcha para recoger fondos en la Vigilia de San Wenceslao.

– ¿Es cierto que Louisa está muy mal? -inquirí cuando finalmente salimos de los vestuarios.

Me miró con seriedad.

– Está muy enferma, Vic. No te va a resultar agradable verla.

– ¿Qué más me tienes programado?

Su pronto rubor le inundó las mejillas.

– No sé de qué me hablas.

Salió airadamente abriendo la puerta del colegio. Yo la seguí despacio, a tiempo de verla meterse en un coche muy machacado estacionado con gran parte del motor en mitad de la calle. Bajó la ventanilla cuando pasé por su lado para gritarme que nos veríamos en su casa y arrancó con un chirrido de ruedas. Yo iba algo alicaída cuando abrí la puerta del Chevy y me senté en su interior.



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