– Lo que quieres decir es que sabías que podías engatusarme -le dije desabrida.

Rió.

– Voy a enseñarte dónde están los teléfonos.

– Todavía no estoy senil; los encontraré sin tu ayuda. Y no, no me voy a largar cuando mires hacia otro lado -añadí, viendo su expresión ansiosa.

Sonrió.

– ¿Lo juras por Dios?

Era una vieja promesa, aprendida del borracho Tío Stan de mi madre, que la utilizaba para demostrar que estaba sobrio.

– Lo juro por Dios -asentí solemnemente-. Sólo espero que Graham no se sienta tan dolido que decida no pagar su factura.

Encontré los teléfonos públicos cerca de la entrada y perdí unas cuantas monedas de 25 centavos antes de dar con Darrough Graham en el Club Cuarenta y Nueve. No le sentó bien -había hecho reserva en el Filagree-, pero conseguí terminar la conversación con una nota amistosa. Colgándome la bolsa al hombro, me dirigí nuevamente al gimnasio.

2.- El estirón de la niña

Santa Sofía se lo puso duro a las Tigresas, dominando durante gran parte del segundo tiempo. El juego fue intenso, a ritmo mucho más rápido de lo que había sido en mis años baloncestísticos. Dos oportunidades para las Tigresas se malograron cuando sólo quedaban siete minutos, y la cosa tenía mal aspecto. Entonces la base más fuerte del Santa Sofía salió a tres minutos del final. La mejor alero de las Tigresas, que había estado inmovilizada toda la noche, revivió, marcando ocho puntos no contestados. El equipo de casa ganó 54-51.

Me encontré dando gritos de ánimo con la misma vehemencia que los demás. Incluso sentí un cierto afecto nostálgico por mi propio equipo colegial, lo cual me sorprendió: mis recuerdos de adolescencia están tan dominados por la enfermedad y muerte de mi madre, que supongo que había olvidado que también hubo sus buenos momentos.

Nancy Cleghorn se había marchado para asistir a una junta, pero Diane Logan y yo nos unimos al resto del antiguo equipo en los vestuarios para felicitar a nuestras sucesoras y desearles lo mejor en las semifinales regionales. No nos quedamos mucho tiempo: era evidente que nos consideraban excesivamente mayores para poder entender lo que es el baloncesto, no digamos ya para haberlo jugado.



9 из 347