
Louisa Djiak era la única mujer de la calle que siempre defendió a Gabriella, muerta o viva. Pero es que ella era dueña de Gabriella. Y mía también, pensé con una ráfaga de resquemor que me sorprendió. Comprendí que aún me picaba la rabia por todos aquellos gloriosos días de verano que tuve que pasar cuidando a la niña, o haciendo mis tareas con la criatura berreando a mi espalda.
En fin, la criatura había crecido, pero seguía berreando sus exigencias en mi oído. Paré el coche detrás de su Capri y apagué el motor.
La casa era más pequeña de lo que yo recordaba, y más cochambrosa. Louisa no tenía ánimos para lavar y almidonar los visillos cada seis meses y Caroline pertenecía a una generación que evitaba enfáticamente semejantes labores. Si lo sabría yo, que formaba parte de ella.
Caroline me esperaba a la puerta, aún inquieta. Sonrió brevemente, tensa.
– Mamá está contentísima de que estés aquí, Vic. Ha esperado todo el día sin probar el café para tomárselo contigo.
Me condujo a través del comedor, reducido y atestado, hasta la cocina diciendo por encima del hombro:
– No debería ya tomar café. Pero le resultaba muy difícil dejarlo -además de tantas cosas como han cambiado-. Así que llegamos al acuerdo de una taza al día.
Empezó a atarearse en el fogón, acometiendo la preparación del café con enérgica ineficiencia. Pese al rastro de agua vertida y al café molido esparcido sobre el fogón, dispuso con esmero una bandeja con servicio de porcelana, servilleta de tela y la flor del geranio de una lata colocada en la ventana. Finalmente sacó un platito de helado adornado con una hoja de geranio. Cuando cogió la bandeja bajé de la banqueta de la cocina donde me había encaramado, para seguirla.
La alcoba de Louisa estaba a la derecha del comedor. En cuanto Caroline abrió la puerta el olor a enfermedad me sacudió como una fuerza física, trayéndome a la memoria el hedor a medicamentos y a carne en decadencia que había flotado en torno a Gabriella en el último año de su vida. Me clavé las uñas en la palma de la mano derecha y me forcé a entrar en la habitación.
