Mi primera reacción fue de shock, pese a creer que me había preparado. Louisa estaba sentada y recostada en la cama, tenía el rostro macilento y teñido de un extraño gris verdoso bajo el cabello ralo. Sus manos deformes salían por las mangas flojas de un gastado jersey rosa. Pero cuando las levantó para saludarme con una sonrisa, capté un destello de aquella mujer joven y hermosa que había alquilado la casa de al lado cuando estaba encinta de Caroline.

– Qué gusto verte, Victoria. Sabía que vendrías. En ese sentido eres como tu madre. Y además te pareces a ella, aunque tienes los ojos grises de tu papá.

Me arrodillé junto a la cama y la abracé. Bajo el jersey, sentí sus huesos diminutos y quebradizos.

Una tos desgarradora le sacudió el cuerpo entero.

– Perdona. Son tantos malditos cigarrillos y durante tantos años. Aquí la señorita me los esconde; como si pudieran ponerme peor de lo que estoy.

Caroline se mordió los labios y se colocó junto a la cama.

– Te he traído el café, mamá. A ver si así te olvidas de los cigarrillos.

– Ya, mi única taza. Dichosos médicos. Primero te atiborran con tantas mierdas que no sabes si vienes o vas. Y entonces, cuando ya te tienen atada de las patas traseras, te quitan todo lo que puede ayudarte a pasar el tiempo. Te digo, mujer, que no te veas nunca así.

Tomé la gruesa taza de porcelana de manos de Caroline y se la entregué a Louisa. Le temblaban las manos ligeramente y apretó la taza contra el pecho para afirmarla. Me incorporé sentándome en una silla de respaldo recto cercana a la cama.

– ¿Quieres quedarte un rato a solas con Vic, mamá? -preguntó Caroline.

– Sí, claro. Anda, hija. Sé que tienes cosas que hacer.



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