En algunas faltaban pedazos del revestimiento de madera, o mostraban con vergüenza desconchones en la pintura. En otras, el cemento de los escalones de entrada estaba agrietado y desprendido. Pero las ventanas estaban todas enteras, herméticamente cerradas, y en los patios no había ni una brizna de desperdicio. Puede que la pobreza se hubiera enseñoreado de la zona, pero mi vieja barriada se negaba valientemente a rendirse.

Yo aún recordaba los tiempos en que dieciocho mil hombres se derramaban todos los días desde aquellas casitas aseadas hacia la Factoría del Sur, Aceros de Wisconsin, la planta de ensamblaje de la Ford, o la fábrica de disolventes Xerxes. Recordaba cuando hasta el último detalle de la fachada recibía una capa de pintura primavera sí, primavera no, y los Buicks y Oldsmobiles nuevos eran una característica común del otoño. Pero todo aquello pertenecía a otra vida, tanto para mí como para Chicago Sur.

En la Calle Ochenta y Nueve giré hacia el oeste, bajando el parasol del coche para protegerme los ojos de la declinante luz de invierno. Más allá de la maraña de cachivaches inservibles, coches mohosos y casas derrumbadas de mi izquierda, estaba el Río Calumet. Mis amigos y yo solíamos burlar a nuestros padres para bañarnos en él; ahora, se me revolvía el estómago con la sola idea de meter la cara en aquel agua asquerosa.

La escuela secundaria estaba al otro lado del río. Era una estructura enorme que ocupaba varios acres de suelo, pero su ladrillo rojo oscuro tenía un cierto aspecto hogareño, como un colegio de señoritas decimonónico. La luz que salía por las ventanas y el flujo de jóvenes que atravesaba las inmensas puertas de doble hoja de su extremo oeste aumentaban este efecto acogedor. Apagué el motor, cogí mi bolsa de deportes y me uní a la multitud.

Los techos, altos y abovedados, se habían construido cuando la calefacción era barata y la educación lo bastante respetada para que los ciudadanos desearan escuelas con aspecto de catedrales. Los corredores cavernosos servían a la perfección como cámaras de resonancia de las risas y gritos de aquella tropa. El ruido rebotaba en el techo, las paredes y los armarios metálicos. Me pregunté por qué nunca me habría percatado de aquel alboroto cuando era estudiante.



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