Dicen que las cosas que se aprenden de pequeño no se olvidan. Habían pasado veinte años desde la última vez que había estado allí, pero en la entrada del gimnasio giré a la izquierda sin pensarlo para seguir el pasillo hasta los vestidores de chicas. Caroline Djiak me esperaba a la puerta, carpeta en mano.

– ¡Vic! Creí que quizá te hubieras echado atrás. Todas las demás llevan aquí media hora. Están ya preparadas, por lo menos las que aún caben en los uniformes. Te has traído el tuyo, ¿no? Está aquí Joan Lacey, del Herald-Star, y le gustaría charlar contigo. A fin de cuentas, tú fuiste la Mejor Jugadora del Año del campeonato.

Caroline no había cambiado. Las trenzas cobrizas habían sido sustituidas por un halo rizado que rodeaba su rostro pecoso, pero ésa parecía ser la única diferencia. Seguía siendo pequeña, vigorosa e imprudente.

Entré tras ella en los vestuarios. El alboroto reinante competía con el nivel de ruido de los pasillos. Diez muchachas en diversas etapas de desnudez hablaban entre sí a gritos, pidiendo limas o tampones, o preguntando quién se había llevado el jodido desodorante. En bragas y sostén tenían un aspecto musculoso y compacto, en mucha mejor forma de la que habíamos estado mis amigas y yo a su edad. Y desde luego mucho mejor que nuestra forma actual.

En un rincón del vestuario, organizando casi igual revuelo, había siete de las diez Tigresas con las que había ganado el campeonato de Categoría AA del Estado de Illinois hacía veinte años. Cinco de las siete vestían los antiguos uniformes negro y oro. En algunas, la camiseta se ceñía en la parte del pecho y el pantalón corto parecía ir a rajarse al primer intento de quiebro rápido de su portadora.



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