La que más prieto llevaba el uniforme podía ser Lily Goldring, nuestra primera encestadora de tiro libre, pero debido a la permanente y la papada no podía asegurarlo. Me pareció que Alma Lowell debía ser la mujer negra que desbordaba la capacidad de su uniforme y llevaba la cazadora de letra tímidamente colgada sobre sus hombros macizos.

Las únicas dos que reconocí sin lugar a dudas fueron Diane Logan y Nancy Cleghorn. Las piernas fuertes y esbeltas de Diane aún servían para una portada de Vogue. Ella era nuestra alero estrella, co-capitana, estudiante de honor. Caroline me había dicho que Diane dirigía ahora una próspera agencia de relaciones públicas en el Loop, especializada en la promoción de compañías y figuras negras.

Nancy Cleghorn y yo nos mantuvimos en contacto durante los años de universidad, pero en todo caso, su rostro fuerte y cuadrado y su encrespado cabello rubio habían cambiado tan poco, que la habría reconocido en cualquier sitio. Ella era la responsable de que me encontrara aquí esta noche. Dirigía los asuntos de medio ambiente de PRECS -Plan de Rehabilitación de Chicago Sur-, del que era subdirectora Caroline Djiak. Cuando ambas se dieron cuenta de que las Tigresas iban a participar en el campeonato regional por primera vez en veinte años, decidieron reunir al antiguo equipo para la ceremonia preliminar. Era publicidad para el barrio, publicidad para PRECS, apoyo al equipo; beneficio para todos.

Nancy sonrió al verme.

– Hola, Warshawski; mueve el culo. Tenemos que estar fuera dentro de diez minutos.

– Qué tal, Nancy. Tengo que estar loca para dejarte que me traigas hasta aquí. ¿No sabes que no hay que volver a casa?

Encontré cuatro pulgadas cuadradas para tirar mi bolsa de deportes y me desnudé con rapidez, apretando los vaqueros en la bolsa y poniéndome el descolorido uniforme. Me estiré los calcetines y me até las zapatillas de baloncesto.



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