Diane me pasó el brazo por los hombros.

– Tienes buen aspecto, Whitey, como si aún pudieras moverte si hiciera falta.

Nos miramos en el espejo. Mientras que algunas de las actuales Tigresas sobrepasaban los seis pies, yo, con mis cinco pies ocho pulgadas, había sido la más alta de nuestro equipo. El peinado afro de Diane me quedaba más o menos a la altura de la nariz. Negra y blanca, las dos habíamos querido jugar al baloncesto cuando los conflictos raciales irrumpían a diario en los pasillos y los vestidores. No nos teníamos mucha simpatía, pero en el tercer año habíamos impuesto una tregua al resto del equipo y al siguiente febrero lo habíamos llevado al primer torneo femenino de ámbito estatal.

Sonrió, compartiendo mi recuerdo.

– Toda aquella bazofia que nos tragamos parece totalmente trivial ahora, Warshawski. Ven a conocer a la periodista. Di algo agradable de tu antiguo barrio.

Joan Lacey, del Herald-Star, era la única columnista deportiva femenina de la ciudad. Cuando le dije que leía sus artículos habitualmente sonrió complacida.

– Cuéntaselo a mi director. O mejor aún, escribe una carta. ¿Qué sensación produce volver a ponerse el uniforme después de tantos años?

– La de ridículo. No he cogido un balón desde que salí de la universidad.

Yo fui a la Universidad de Chicago con una beca de deportes. Esta universidad las otorgaba mucho antes de que el resto del país se enterara de que las mujeres practicaban deportes.

Hablamos unos cuantos minutos, del pasado, de los atletas que se hacen mayores, del cincuenta por ciento de paro del barrio, de las perspectivas del actual equipo.

– Hemos venido para dar apoyo, claro está -dije-. Estoy deseando verlas en la cancha. Aquí dentro tienen todo el aspecto de tomarse los entrenamientos mucho más en serio que nosotras hace veinte años.

– Ya, se quiere reanimar la liga profesional femenina a toda costa. Hay algunas jugadoras de primera en los últimos años de escuela secundaria y en la universidad que no tienen dónde ir.



6 из 347