Joan guardó el cuaderno y le dijo al fotógrafo que saliera con nosotras al campo para hacer algunas tomas. Las ocho veteranas salimos dispersas al gimnasio, con Caroline correteando a nuestro alrededor como un terrier ansioso.

Diane cogió el balón y lo dribló tras ella por debajo de las piernas, después me lo tiró. Yo giré y lancé. El balón rebotó en la madera y corrí a cogerlo y encestar. Mis antiguas compañeras me dieron un aplauso discordante.

El fotógrafo nos hizo algunas fotos juntas, después otras de Diane y yo jugando un uno contra uno bajo la cesta. El público nos contempló unos momentos, pero el verdadero interés estaba en el equipo actual. Cuando las Tigresas salieron al campo con sus chándals, recibieron una gran ovación. Hicimos un poco de calentamiento con ellas, pero les cedimos el terreno en cuanto fue posible: ésta era su gran noche.

Cuando las chicas del equipo invitado de Santa Sofía salieron con sus chándals rojo y blanco, me escurrí hacia el vestuario para cambiarme a mis ropas civiles. Caroline me encontró cuando terminaba de atarme un pañuelo al cuello.

– ¡Vic! ¿Dónde vas? ¡Sabes que me prometiste venir a ver a mamá después del partido!

– Dije que lo intentaría, si podía quedarme por aquí.

– Pero ella cuenta con verte. Apenas puede moverse de la cama de lo mal que está. De verdad, es muy importante para ella.

Vi en el espejo que su rostro se acaloraba y sus ojos azules se oscurecían con la misma mirada herida que me lanzaba cuanto tenía cinco años y no la dejaba venir con mis amigas. Sentí que se me calentaba el ánimo con veinte años de irritación.

– ¿Has montado esta farsa del baloncesto para hacerme ir a ver a Louisa? ¿O eso se te ocurrió después?

El rubor de su rostro se volvió grana.

– ¿Cómo farsa? Estoy intentando hacer algo por esta comunidad. ¡Yo no soy una de esas niñas de ahí te quedes que se van a vivir al Sector Norte abandonando a las personas a su suerte!



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