
– ¡Vamos que, según tú, si me hubiera quedado aquí habría podido salvar Aceros de Wisconsin. O evitar que los gilipollas de USX se ventilaran una de las últimas fábricas en funcionamiento de por aquí! -cogí mi chaquetón marinero del banco y metí los brazos en las mangas con rabia.
– ¡Vic! ¿Dónde vas?
– A mi casa. Voy a salir a cenar y quiero cambiarme de ropa.
– No, por favor. Te necesito -dijo con un fuerte gemido. Sus ojos grandes se desbordaron de lágrimas, preludio de sus chillonas protestas ante su madre o la mía de que estaba siendo mala con ella. Me trajo a la memoria todas aquellas ocasiones en que Gabriella había venido a la puerta -diciendo «¿qué más te da, Victoria? Llévate a la niña contigo»- con tal fuerza, que apenas pude contenerme para no darle a Caroline un manotazo en la boca ancha y trémula.
– ¿Para qué me necesitas? ¿Para cumplir una promesa que hiciste sin consultarme?
– Mamá ya no va a vivir mucho -me gritó-. ¿No es eso más importante que tu puñetera cena?
– Desde luego. Si fuera un compromiso social, llamaría y diría perdóneme, la mocosa de mi vecina me ha metido en un asunto que no puedo dejar. Pero la cena es con un cliente. Tiene el genio vivo pero paga puntualmente y quiero mantenerlo contento.
Las lágrimas resbalaban ya sobre las pecas.
– Vic. Nunca me tomas en serio. Te dije cuando hablamos de esto lo importante que sería para mamá que vinieras a verla. Y se te olvidó totalmente. Te crees que aún tengo cinco años y que nada de lo que diga o piense importa.
Eso me calló la boca. Ahí tenía razón. Y si Louisa estaba tan enferma, realmente debía ir a verla.
– En fin, de acuerdo. Llamaré para cambiar el plan. Por última vez.
Las lágrimas desaparecieron de inmediato.
– Gracias, Vic. No lo olvidaré. Sabía que podía contar contigo.
