
Mis recuerdos se truncan cuando el capitán nos anuncia que vamos a emprender el vuelo.
***
Instalados ya en nuestros asientos, el runruneo del motor vence los suaves murmullos de los que me rodean. El arranque hacia el vacío siempre impone silencios. Es como trazar una ruta desafiando la inexorable y valiosa ley de la gravedad. Y eso requiere severidades y reflexiones.
Antes de subir al avión, mientras aguardábamos en la sala de espera, todo eran comentarios y dialécticas expuestas acaso por el afán de distraer los posibles sopores y desengaños que pueden producirse en nuestro futuro aterrizaje.
Salieron a relucir mil temas que no se correspondían con el viaje que estamos emprendiendo. Especialmente lo relacionado con el proyecto que debe tener lugar durante el año que estamos viviendo: la llegada del hombre a la Luna.
Pero al iniciarse el vuelo, los comentarios recién expuestos se desdibujan y se olvidan. Lo único que cuenta es la inexplicable realidad que supone avanzar por una ruta que carece de soportes, de indicaciones, de lados y direcciones señaladas.
Lo esencial es mantenerse estable en un pavimento inexistente y esperar que el tiempo no contradiga la hora prevista para la llegada.
Mientras tanto, las evocaciones de cosas perdidas se amontonan de nuevo en mi mente. Son como ráfagas que exigen atenciones inexplicables. Unos porqués sin relaciones razonables pero que se filtran en el cerebro como una cadena invisible que va unificando momentos y circunstancias sin comunicaciones específicas ni propias de una logística buscada y razonada.
