
También ahora los apremios que me atosigan me angustian. No es fácil volver a un país donde fui reina, sin ostentar más título que el de una simple madrina de un niño que va a llamarse Felipe.
No obstante, las destrucciones que debimos soportar parecen achicarse cuando los acontecimientos cobran relieves inesperados y las congojas pasadas se van diluyendo en probabilidades venideras.
El aeropuerto de Niza es un estallido de luz. Es como si el sol que baña el recinto guiñando brillos sobre los metales y dando realce a los aviones estuviera empujándome a caminar decidida: «Adelante, Ena. No te achiques. Pese a todo lo ocurrido, tú sigues siendo la reina».
Entre las personas que me acompañan están el duque de Alba consorte, el doctor Nicod, Marino Gómez-Santos, mi dama de compañía señora viuda de Rich y mis doncellas personales Pilar y Petra.
Tras descansar unos instantes en el salón de honor, nos encaminamos hacia la pista donde el avión de Iberia nos espera. Antes de subir por la escalinata, una azafata me entrega un ramo de flores.
No cabe la marcha atrás. España está ya en ese avión que me trasladará a la tierra perdida. Aquella tierra que cuando yo era niña mi padre tanto admiraba: «Un día te llevaré a España, Ena. Te gustará», me dijo en cierta ocasión tras regresar de Sevilla, mientras me entregaba un abanico como recuerdo de aquel país todavía extranjero para mí.
Me gustó. Claro que me gustó. Fue mi patria adoptiva. La nación donde me hice mujer, donde nacieron mis hijos, donde conocí la verdad de muchas mentiras y las mentiras de algunas verdades.
También el dolor y la forma de camuflarlo para que mi tío Eduardo (el entonces rey de Inglaterra) no me echara en cara su advertencia cuando yo empezaba a estar enamorada de Alfonso: «Piénsalo bien, Ena. No sea que te arrepientas y vuelvas a tu tierra gimoteando».
Nunca gimoteé. Nunca traté de volcar mis dolores sobre los que se hubieran alegrado al observar mi desmoronamiento.
