
De improviso mis recuerdos cobran fuerza: la infancia, la juventud, la madurez. Infinidad de situaciones ajenas unas de las otras se mezclan como un solo hecho: mis correrías por los castillos de Balmoral, de Windsor, de Buckingham, de todos los lugares donde la abuela Victoria se instalaba, porque siendo mi madre la menor de sus hijos, soltera o casada debía permanecer a su lado. Ésa fue la condición cuando mis padres contrajeron matrimonio.
Fue en Balmoral donde aprendí a montar. Primero cabalgaba sobre un pony. Pese a sufrir un accidente cuando cumplí seis años, mi afición por los cuadrúpedos no disminuyó. Luego fueron los caballos. Siempre me fascinaron. Tanto como los perros. En ocasiones tenía la impresión de que entre ellos y yo se producía una especie de compenetración que a medida que pasaban los años, lejos de debilitarse, se acrecentaba. Fue un entendimiento que entrañablemente me unía a sus reacciones al tiempo que las suyas se amoldaban a las mías.
Tal vez por eso, cuando, instalada ya en España, veía a los pobres jamelgos (en aquella época despojados de cualquier defensa) enfrentados contra las salvajes embestidas de los toros, inducidos por aguerridos picadores, se me encogía el alma. Especialmente si las astas se clavaban en los intestinos de los animales.
Nunca pude acostumbrarme a lo que los españoles denominan «fiesta nacional». Pero tampoco quería defraudar a quienes sentían pasión por las corridas. Si en alguna de ellas se esperaba mi presencia, asistía puntualmente sin mostrarme disconforme, pero siempre acompañada de unos prismáticos que utilizaba mirando a través de ellos por el lado contrario. Era mi forma de mostrarme impasible e incluso interesada, sin ver lo que en el ruedo ocurría.
