Aquel sistema fue algo parecido a una amable claudicación. Fue también el inicio de una defensa. Algo que durante muchos años tuve que ejercitar, para difuminar corridas de toros sin más toro que la envidia, el engaño y el dolor.

Cuántas veces a lo largo de mi vida fue preciso utilizar prismáticos invisibles para mirar sin ver. Y tapar mis oídos con ceras inexistentes para fingir sorderas. Y morderme la lengua para no hablar.

Sólo una vez perdí el norte de mis disciplinadas composturas. Y, a decir verdad, el precio de mis desahogos fue muy alto.

Ocurrió un par de años antes de que se proclamara la república. Los ánimos iban cargados y mi vida particular soportaba ya un volumen desmesurado de oprobios y bajezas siempre adobadas con falsas sonrisas y amabilidades por parte del marqués de Viana y de sus incondicionales esbirros.

El autocontrol es siempre conveniente, pero cuando los agravios y oprobios se acumulan engrosando sufrimientos y creando día tras día y año tras año pequeños atentados anímicos, el estallido pronto o tardío se vuelve inevitable. Especialmente cuando el ambiente que soportamos, lejos de ser apacible, amenaza cambios drásticos y dolorosos.

Estoy viendo ahora a Pepe Viana mirándome sonriente, amable, dispuesto como siempre a disfrazar su diabólica mansedumbre por el rey, utilizando campechanías rastreras y amabilidades babosas para halagarme. Era su táctica. Aunque lo esencial para él consistía en satisfacer los lados oscuros de Alfonso y surtirle a mis espaldas de todo cuanto podía engrosar su ego, no dejaba de tratarme con la sumisión rastrera de un súbdito leal, mientras que, para conservar una amistad que le engrandecía, le proporcionaba películas pornográficas, mujeres de baja estirpe, relaciones adúlteras y sobre todo insinuaciones falsas y mezquinas contra mí, para, de ese modo, afianzar una amistad hecha siempre de adulaciones rentables. Especialmente cuando Bee entró a formar parte de las preferencias de mi marido.



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