De hecho, visto desde el momento actual, Viana era un simple lacayo de Alfonso. Pero él se consideraba una especie de segundo rey en la sombra. Algo como un consejero destinado a manejar en silencio las penumbras inconfesables del monarca.

Sin embargo, cuando yo le conocí caí también en las redes que su simpatía tendía. Me bastaba que formara parte del séquito amistoso de Alfonso para que automáticamente el apego que los unía fuera asimilado por mí sin temores ni repliegues.

Viana era simpático, alegre, vital. Tardé mucho en comprender que las simpatías excesivas son siempre prenuncios de posibles hecatombes. Nadie se esfuerza en ser simpático sin esperar algo a cambio. Y lo que Viana esperaba de mí era que yo lo aceptara sin el menor esfuerzo, como un amigo fiel e indispensable del hombre que pronto iba a ser mi esposo.

Recuerdo que mi tío Eduardo me puso en guardia: «No te fíes de ese incondicional compañero del rey», me dijo. «Es demasiado simpático».

Aquella frase fue la que, andando el tiempo, lentamente me iría situando en la verdad de aquel hombre.

En realidad, todo lo desmesurado suele acarrear peligros. No obstante, en los albores de aquel encuentro yo era excesivamente joven para dejarme llevar por las verdades ocultas que el transcurrir de la vida va dejando al descubierto.

Madurar es eso: comprender que muchos sentimientos son sólo sensaciones; que lo elemental de la vida no consiste en presagiar primaveras, sino en prepararse para los inviernos, que las apariencias suelen ser precarias y que lo precario puede dar un giro de ciento ochenta grados cuando menos se espera.

El mío aconteció cuando la España herida y bamboleante prenunciaba cambios demasiado evidentes para ser obviados. El ritmo de nuestro entorno político perdía el compás, la sociedad cerraba los ojos ante nuevas perspectivas cuando, para colmo de males, los manejos de Viana traspasaron los límites de mi aguante.



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