
A mis oídos llegaban noticias que me dolían demasiado. Comentarios hirientes que Alfonso, inducido por su gran amigo, iba esparciendo a mis espaldas. Especialmente, destaca la frase que le contestó mi marido al profesor Castillejo cuando le comunicó que también él estaba casado con una inglesa. «Caramba. Buena te ha caído», le contestó el rey.
Pronto me enteré de aquella respuesta. Las noticias que duelen suelen volar hacia nosotros con alas de murciélago. Fue una época mala, muy mala. Existía una amenaza política, todo era precario. Pero todavía en la alta sociedad ser favorecido por la atención de un rey era parecido a conseguir un galardón.
Yo, como la mayoría de las mujeres engañadas, hacía la vista gorda. Al fin y al cabo se trataba de «engaños» esporádicos, medio elegantes y medio obligados por la frivolidad de un ambiente machista que todavía dominaba los quehaceres de los machos españoles.
El problema se inició cuando Alfonso, lejos de fijarse en una fémina de la nobleza, dio en enamorarse de Carmen Moragas, una actriz con talento y que según se decía era mi vivo retrato pero en moreno. No. Aquello no fue una aventura. Fue un montaje familiar. Una especie de planificación casi legal que nadie desconocía y todos aceptaban.
Me pregunto si lo que me sacó de quicio fueron los celos. Es posible, pero lo dudo. Lo que me dolió profundamente era saber que con ella mi marido había engendrado niños sanos. Incluso corría la voz de que el Santo Padre podía anular nuestro matrimonio para que Alfonso pudiese contraer otro con la famosa actriz, madre ya de dos hijos suyos. Todo muy bien apañado por el «simpático» e incondicional Pepe Viana.
Despojada por completo de lo que se entiende por flema inglesa, mandé recado al detestable marqués para que inmediatamente se presentara en mi cámara.
Llegó jadeante, sonriente, y como siempre echando fuera ráfagas de simpatía.
Se acabó. «Basta ya de comedias desaforadas», le dije.
