
Fue un recibimiento severo. Ni siquiera le permití que me besara la mano. Tampoco le oculté mi desprecio. Se lo demostré en forma de pregunta: «¿Has leído algo de Mirabeau?». Y antes de que me respondiera continué: «Lo siento, se me olvidaba tu falta de cultura. Tu ignorancia sólo es comparable a la gran sabiduría que despliegas para manipular los devaneos sucios de Su Majestad el Rey».
Hubo unos instantes de silencio. Pepe Viana me miraba como se contempla un cataclismo. Incapaz de reaccionar, trataba de entender cuál era la causa de mi conducta tan irascible.
Comprendí que mi actitud le asustaba. «Algo le pasa a la reina», sin duda pensaría. «Su forma de abordarme no es normal.» Al mirarme, todo en él se achicaba. Trataba de sonreír pero mi ceño desmontaba su sonrisa y la convertía en mueca.
Quiso hablar. Se lo impedí: «No he terminado, marqués. Mirabeau escribió una frase que se ciñe perfectamente a tu modo de ser. Dice así: "Si queréis triunfar en este mundo, matad vuestra conciencia". ¿Comprendes lo que pretendo explicarte? Eso es lo que tú has hecho con la tuya. La has matado para permanecer en las alturas y presumir de una amistad que ni es amistad ni es nada. Sólo es un globo que puede volar pero que al deshincharse emana efluvios pestilentes de aire podrido».
No recuerdo exactamente el resto del discurso que le lancé. Sé que terminé mi repulsa con una frase que nunca he olvidado: «No está en mi poder castigarte como mereces. Sólo Dios puede hacerlo. Tu castigo tendrá que esperar hasta que estés en el otro mundo».
Luego le abrí la puerta y le ordené que se fuera.
Durante unos instantes dio la impresión de que intentaba defenderse. Pero la voz se le iba en balbuceos que no acertaban a ser palabras. Su cuerpo, hasta entonces erguido, empezó a encogerse. Se llevó la mano a la frente y comenzó a bambolearse como si perdiese el equilibrio.
Imaginé que aquella actitud era otra de sus nauseabundas comedias. Manejos para llamar la atención y sacar ventaja de sus propósitos.
