Ni siquiera las amistades más sólidas alcanzan la firmeza de lo indestructible. Continúan intactas hasta que la inclemencia de los años se empeña en devorarlas. Luego es como si jamás hubieran existido. Todo se queda en recuerdos difuminados.

No cabe duda, el progreso es ciego y voluble. En cuanto uno se descuida, se convierte en pasado. Además, cuando se encabrita es capaz de arrollar lo bueno y lo malo.

Recuerdo ahora mi amistad con Bee. Nunca quise tanto a una amiga de la infancia como la quise a ella. Éramos primas: su padre y mi madre eran hermanos. No obstante, su rango era superior al mío. Yo sólo era «alteza» y ella era «alteza real». La diferencia consistía en que el matrimonio de mis padres era morganático y en cambio el de los padres de Bee no desmerecía del rango que ostentaba la severa y estricta mirada de nuestra abuela la reina Victoria.

En ocasiones, cuando éramos niñas, Bee solía bromear sobre aquella diferencia. «Tú difícilmente podrás llegar a ser reina», decía. «Los herederos y los reyes exigen igualdades soberanas».

Bee era muy lista. Dibujaba muy bien y, andando el tiempo, cuando ella ya estaba casada con Ali de Orleáns, realizó un boceto coloreado algo sarcástico que me situaba en lo alto de un trono, mientras ella me hacía la reverencia. ¿Se acordaba entonces de lo que me decía siendo niñas? El dibujo coloreado parecía una caricatura. Una especie de broma que acaso trascendiera la decepción que se llevó al comprobar que Alfonso, lejos de fijarse en ella, me eligió a mí como esposa.

Cuando años después vi aquella acuarela, tuve la impresión de que ya entonces un muro insalvable se interponía entre nosotras. Fue algo así como un apagón de luz que apenas duró un segundo. Entonces mi fe en Bee todavía podía más que cualquier brote de duda. Para mí siempre había sido una especie de hermana. Aunque algo mayor que yo, la constante comunicación que nos unió en la infancia fue solidificándose de día en día. Sin embargo, aquella acuarela me estaba diciendo algo que me dolía demasiado. Tanto como me dolían los desplantes y manejos que utilizaba en la infancia, sin que por ellos mermara nuestra amistad. Había nacido mandona y no podía superar su afán de imponer y dominar.



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