
Siendo todavía muy pequeñas pasábamos temporadas juntas en Osborne Cottage, situado en la isla de Wight, junto a nuestra abuela, la reina Victoria, y la armonía entre ambas, pese a las exigentes imposiciones de Bee, fue siempre perfecta.
Sólo se desnivelaba un poco cuando, sin venir a cuento, la indudable compenetración que nos unía se envaraba repentinamente. Eran instantes fugaces pero que, sin proponérmelo, dejaban en mí ciertos recelos que no llegaba a comprender.
Por ejemplo, en todos los juegos Bee debía llevar la voz cantante: no toleraba ser la segundona. Siempre debía ser la primera. Si jugábamos a cocinar, ella era la cocinera y yo la pinche. Si montábamos en ponys, el suyo debía ser el mejor. Si nos disfrazábamos, el traje más ostentoso se lo adjudicaba ella. En ocasiones yo me rebelaba. No comprendía sus constantes exigencias. Entonces Bee me desafiaba. Casi siempre obviaba yo sus desafíos. Sin embargo, en alguna ocasión la agredí. Lo hacía suavemente, empujando su hombro o dando un manotazo a su frente. Entonces ella me sacudía con violencia. Al defenderme caíamos las dos al suelo. Allí los ataques se multiplicaban. Comenzaban las embestidas, los asaltos.
Pero enseguida rompíamos a reír. Y nuestros asaltos se solventaban con carcajadas. Sólo en una ocasión me propuse vengarme de aquel modo de ser tan dominante.
Cierto día, al tiempo que Bee comentaba con otras niñas los puntos cruciales de nuestros juegos, decidí desaparecer. No sé exactamente lo que me indujo a esfumarme mientras Bee departía con alguien que ya no recuerdo.
