
Pero aquella vez no me detuve a pensar en los probables peligros que podían acecharme.
Aprovechando el descuido de mi prima, me alcé la faldilla, trepé por el montículo de la izquierda y me introduje en el bosque. Sin miedo. Sin pensar en que aquellos parajes podían ser peligrosos. Lo único que se imponía en aquellos momentos era esconderme, saber que cuando Bee se volviera hacia mí, yo iba a ser para ella únicamente un vacío. Que la costumbre de achicarme y pegarme a su rastro se había acabado. Que por una vez en la vida yo estaba llevando la iniciativa.
La espesura del bosque no me asustaba. Al contrario: la consideraba un aliado en mi empeño de camuflarme. Emancipada de las imposiciones de mi prima, zigzagueaba por entre los árboles y matorrales sin freno, sin miedos, sin barruntar peligros. Mi único empeño era llegar a la vivienda atajando por la diagonal de un paraje desconocido que me permitía acortar la distancia que el camino normal exigía. Quería que al llegar a la casa antes que ella se notara desorientada e incapacitada para imaginar cómo había conseguido yo desaparecer sin que nadie hubiera podido percatarse de mi maniobra.
Atravesar el bosque ni siquiera cabía en sus retorcidas sospechas. Los bosques de los lugares donde se alzaba la vivienda de la abuela en la isla de Wight eran lugares prohibidos para las niñas.
