
Todo allí era sombrío, amasado en humedades y envuelto en efluvios que siempre se habían considerado dañinos. Pero yo avanzaba con paso rápido, sin sentirme arrollada por temores, ni amenazada por peligros difusos que desde que tenía uso de razón los mayores nos iban planteando.
Mi meta era llegar a la vivienda antes que Bee y darle a entender que, si ella pretendía superarme con imposiciones, yo poseía poderes ocultos muy superiores a los suyos.
Nadie me vio llegar. Salté a la explanada desde el bosque circundante y, camuflada tras la espesura de las buganvillas, conseguí entrar en la casa sin que nadie me viera.
Escondida tras un sillón del vestíbulo, escuché los comentarios alarmados de las nannies y el resto de las niñas que iban llegando a la explanada.
– ¿Habéis visto a la princesa Ena? De pronto ha desaparecido. La hemos buscado a lo largo del camino pero no hemos dado con ella.
Recuerdo ahora la voz temblorosa de Bee repitiendo asustada:
– Se ha esfumado. Estaba con nosotras y repentinamente hemos dejado de verla.
El revuelo fue grande. Los sirvientes indios de la abuela se desvivían por improvisar estrategias propias de una búsqueda sin supuestos lógicos ni pistas explicables. Imaginarme perdida en la espesura del bosque era una utopía. Nadie concebía que yo hubiera corrido un riesgo tan grande.
La alarma crecía. Mi madre comenzaba a angustiarse y mi padre argumentaba que seguramente mi desaparición era un simple juego: «Ena suele gastar bromas para divertirse».
Aguardé a que todos despejaran la explanada para salir de mi peligroso escondrijo y dirigirme a mi cuarto. Una vez allí bajé lentamente por la escalera y entré en el vestíbulo. La primera en verme fue Bee.
– ¡Por fin! -exclamó, como si estuviera contemplando al superviviente de un naufragio-. ¿Dónde te habías metido? ¿Cómo has llegado hasta aquí sin que te hayamos visto? -Yo la miraba en silencio. A decir verdad me divertía observarla tan alterada-. ¿Dónde estabas? -seguía preguntando-. ¿Cómo pudiste esfumarte de un modo tan repentino?
