
Me encogí de hombros y le dije que no lo sabía.
Bee me miraba entre enfurecida y admirada. Por primera vez desplazada de su constante afán de protagonismo. Por primera vez dispuesta a admirarme sin saber exactamente cuál era la razón de su admiración.
– ¿De modo que no lo sabes? -preguntó.
Y yo para desconcertarla aún más me atreví a decirle:
– A lo mejor estoy dotada de poderes que tú no tienes.
Volvió a mirarme con aire dubitativo.
– ¿Lo dices en serio?
Me di cuenta de que mi respuesta la había impactado. Aunque algo mayor que yo, Bee seguía siendo una niña pequeña. Y la palabra «poderes» la impresionaba.
No obstante, el susto que mi desaparición causó se disipó pronto. «Cosas de niños», decían. Ni siquiera dio lugar a una regañina por parte de la abuela y de mis padres.
Pero Bee siempre recordó la palabra «poderes» como un peligro para ella.
Nunca le dije la verdad. Jamás le expliqué que había cruzado el bosque prohibido sorteando peligros que sólo existían en la imaginación del hacedor de historias para niños temerosos. Me limité a darle a entender que no lo sabía, que fui trasladada a la vivienda sin enterarme y que todo se debía a un vigor interno que ella no poseía. A Bee aquella explicación no debió de gustarle. Siempre pretendía ser la primera en todo.
No sé por qué motivo recuerdo ahora aquel episodio de nuestra infancia. Acaso porque mientras iniciamos el vuelo rumbo a España experimento algo parecido a lo que percibí cuando, andando el tiempo, descubrí que Bee, mi entrañable Bee, era algo así como un expediente lleno de incógnitas nunca aclaradas y carentes de razón pero que apremiaban y causaban malestares inexplicables.
