El hombre sacudió su cabeza.

– Yo creo que sí.

– Ciertamente no tengo nada para decirle, -interpuso Margaret, tratando de ser útil.

Angus la ignoró.

– ¿Una disculpa, quizás? Una abyecta disculpa con el empleo de la frase "soy un perro callejero miserable” podría aliviar mi carácter y salvar su patética vida.

El hombre comenzó a temblar.

– Lo siento, loo ssienn… to ssssiennttoo.

– Realmente, señor Greene, -dijo Margaret rápidamente, -pienso que hemos terminado. Quizás usted debería dejarlo ir.

– ¿Quiere usted hacerle daño?

Margaret estaba tan sorprendida que comenzó a toser.

– ¿Disculpe?, -logró escapársele finalmente.

Su voz era dura y extrañamente apagada cuando repitió su pregunta.

– ¿Quiere usted hacerle daño? Él le habría deshonrado.

Margaret parpadeó de modo incontrolable a la extraña luz en sus ojos, y tuvo la horrible sensación de que él mataría a ese hombre si ella sencillamente se lo pidiera.

– Estoy bien -se atragantó. -Creo que administré unos pocos golpes antes por la tarde. Esto satisfizo bastante mi exigua sed de sangre.

– No éste, -contestó Angus. -Usted lastimó a los otros dos.

– Estoy bien, realmente.

– Una mujer tiene derecho a su venganza.

– Realmente no hay ninguna necesidad, se le aseguro. Margaret echó un vistazo rápidamente alrededor, tratando de evaluar sus posibilidades para fugarse. Ella iba tener que huir pronto. Este muchacho, Angus Greene, podría haber salvado su vida, pero él estaba completamente loco.

Angus dejó caer al hombre y lo empujó hacia adelante.

– Salga aquí antes de que lo mate.

Margaret comenzó a ir de puntillas en la dirección apuesta.

– ¡Usted! -bramó. -No se mueva.



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