
Angus la acercó, usando útilmente su tamaño y fuerza para intimidarla.
– ¿Emprendió o no usted un viaje de larga distancia sin una escolta?
– ¿Sí? -dijo ella, la única sílaba como una pregunta.
– ¡Buen Dios, mujer! -explotó. -¿Está usted loca? ¿Tiene usted alguna idea de qué les ocurre a las mujeres que viajan solas? ¿No pensó en su propia seguridad?
La boca de Margaret se cayó abierta.
Él la dejó ir y comenzó a pasearse.
– Cuando pienso en lo que podría haber pasado… -sacudió la cabeza, refunfuñando, -Jesús, whisky y Robert Bruce. La mujer está chiflada.
Margaret parpadeó rápidamente, tratando de poner sentido a todo esto.
– Señor, -comenzó cautelosamente, -usted ni siquiera me conoce.
Él se giró. -¿Cuál demonios es su nombre?
– Margaret Pennypacker, -contestó antes de que se le ocurriese de que tal vez él realmente fuera un loco, y tal vez ella no debería haberle dicho la verdad.
– De acuerdo, -escupió. -Ahora la conozco. Y es usted una idiota. Con una empresa descabellada.
– ¡Espere un momento! -exclamó, dando un paso adelante y agitando su brazo hacia él. -Sucede que estoy ocupada en una misión sumamente seria. La felicidad de mi hermano podría estar en juego. ¿Quién es usted para juzgarme?
– El hombre que la salvó de una violación.
– ¡Bien! -respondió Margaret, sobre todo porque era lo único que podía pensar en decir.
Él se pasó la mano por el pelo.
– ¿Cuáles son sus planes para esta noche?
– ¡Eso no es asunto suyo!
– Usted se convirtió en mi asunto en el minuto en que la vi a usted siendo arrastrada por… -Angus sacudió su cabeza, dándose cuenta que había olvidado al hombre que había dejado inconsciente. El muchacho se había despertado y se levantaba lentamente a sus pies, obviamente tratando de moverse tan silenciosamente como fuese posible.
– No se mueva, -Angus espetó a Margaret. Él estuvo delante del corpulento hombre en dos pasos, luego agarró su cuello y lo arrastró hasta ella, colgado en el aire. -¿Tiene usted algo para decirle a esta mujer? -gruñó.
