– Hay algo que usted debería saber de mí, -dijo, su voz extrañamente suave. -No me gusta ver mujeres heridas. Cuando eso pasa, o incluso cuando pienso que podría pasar, yo… -él dejó de hablar durante un momento y ladeó despacio su cabeza a un lado, fingiendo buscar las palabras exactas. -me vuelvo un poquito loco.

El hombre despatarrado sobre los adoquines encontró sus pies con una notable velocidad y se escapó en la noche. Su compañero miró como si él de verdad ambicionara seguirlo, pero la bota de Angus lo tenía firmemente clavado a la tierra.

Angus acarició su barbilla.

– Pienso que nos entendemos. -El hombre cabeceó desesperadamente.

– Bien. Estoy seguro que no tengo que decirle que pasará si alguna vez nuestros caminos se cruzan.

Otra cabezada afligida.

Angus movió su pie y el hombre se escapó, chillando todo el camino.

Con la amenaza finalmente eliminada -el tercer bandido, después de todo, estaba todavía inconsciente- Angus finalmente desplazó su atención a la joven dama que él posiblemente había salvado de un destino peor que la muerte. Ella todavía estaba sentaba sobre los adoquines, mirándole como si fuese un fantasma. Su cabello estaba mojado y pegado a su cara, pero aún en la tenue luz que brillaba de los edificios cercanos, él podía decir que era de algún matiz de castaño. Sus ojos eran claros, y completamente enormes e imperturbables. Y sus labios -que estaban azules y temblando por el frío, realmente no deberían haber estado tan atractivos, pero Angus se encontró moviéndose instintivamente hacia ella, y tenía la extraña idea de que si él la besaba…

Sacudió la cabeza.

– Idiota, -refunfuñó. Estaba en ese lugar para encontrar a Anne, no para perder el tiempo con una inoportuna mujer inglesa. Y hablando de… ¿qué diablos hacía ella aquí, de todos modos, sola en una calle oscura?

Clavó su más severa mirada en ella.



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