– ¿Qué diablos hace usted aquí? -demandó y luego añadió moderadamente -¿Sola en una calle oscura?

Los ojos de ella, a pesar de que él pensaba no podrían dilatarse más, así lo hicieron, y comenzó a alejarse, su trasero rozando el suelo mientras usaba las palmas de sus manos para sostenerse.

Angus pensó que ella se parecía un poco a un mono que él había visto en una colección de fieras.

– No me diga que tiene miedo de -dijo con incredulidad.

Sus temblorosos labios trataron de formar algo parecido a una sonrisa, aunque Angus tuvo la impresión de que ella trataba de apaciguarlo.

– No, en absoluto, -dijo trémula, su acento confirmaba su temprana suposición de que ella era inglesa. -Es solamente que yo… bueno, usted debe entender -se paró tan de repente que su pie se enganchó en el dobladillo de su vestido, y casi se cayó. -Realmente tengo que estar en otro sitio-soltó.

Y luego, con un cauteloso vistazo en su dirección, comenzó a alejarse, moviéndose de costado de modo que pudiera mantener un ojo sobre él y otro sobre dondequiera que pensase que se dirigía.

– Por el amor de… -Se detuvo antes de blasfemar delante de esta muchacha, que ya le miraba como si tratase de decidir si era más parecido al Diablo o Atila el Huno.

– No soy el bandido en esta pieza -dijo mordazmente.

Margaret agarró los pliegues de su falda y masticó nerviosamente el interior de su mejilla. Había sido aterrorizada cuando aquellos hombres la agarraron, y todavía no lograba poner fin al incontrolable temblor de sus manos. A las cuatro y veinte, ella era todavía una inocente, pero había vivido lo suficiente para saber sus intenciones. El hombre que estaba de pie delante de ella la había salvado, ¿pero con qué propósito? Ella no pensaba que él quisiera hacerle daño, su comentario sobre proteger a las mujeres fue demasiado sincero para haber sido una actuación. ¿Pero eso significaba que ella podía confiar en él?



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