
– ¿Su hermana? -repitió, a la carga. -¿Usted busca a su hermana? Dígame, señor, ¿cuántos años tiene ella, cómo es, y usted es un Fornby, Ferrige o Fitch?
Él la miró como si de repente le hubiesen brotado cuernos.
– ¿De qué diablos habla, mujer? Mi nombre es Angus Greene.
– Maldita sea, -refunfuñó, sorprendiéndose aún ella misma con el empleo de una blasfemia. -Había estado esperando que usted pudiera demostrar ser un aliado útil.
– ¿Si no esta aquí fugándose para casarse, qué hace usted aquí?
– Mi hermano, -se quejó. -El imbécil piensa que quiere casarse, pero sus novias son completamente inadecuadas.
– ¿Novias, en plural? ¿La bigamia todavía es ilegal en Inglaterra, verdad?
Ella le frunció el ceño.
– No sé con cual se fugó para casarse. Él no lo dijo. Pero todas ellas son sencillamente horribles. -Ella se estremeció, como si acabase de tragar un remedio. -Horribles.
Un fresco chaparrón cayó sobre ellos, y sin pensarlo siquiera, Angus tomó su brazo y la arrastró bajo la profunda saliente. Ella siguió hablando durante toda la maniobra.
– Cuando consiga poner mis manos sobre Edward, voy a matarlo, -decía ella. -Yo estaba bastante ocupada en Lancashire, usted sabe. No es como si tuviera el tiempo para dejar todo y perseguirlo a Escocia. Tengo una hermana que cuidar, y una boda que planificar. Ella se casa en tres meses, después de todo. La última cosa que necesitaba era viajar hasta aquí y…
Su mano se tensó alrededor de su brazo.
– Espere un momento, -dijo él en un tono que cerró su boca inmediatamente. -No me diga que viajó a Escocia usted sola. -Sus cejas se juntaron, y él la miró como si estuviera dolorido. -No me diga eso.
La mirada de ella fue presa del fuego ardiente en sus ojos oscuros, y retrocedió todo lo lejos que su intenso apretón le permitía.
– Yo sabía que usted estaba loco, -dijo, mirando de un lado a otro como si buscase a alguien que la salvara de este maniático.
