
– ¿Quiénes son? -preguntó Melba.
– Supongo que la Marina de los Estados Unidos.
Incluso por encima del estrépito de nuestros dos motores Chrysler oí como Melba tragaba saliva. Continuaba siendo hermosa, sólo que ahora también parecía preocupada. Se volvió de pronto y me miró con los ojos castaños muy abiertos.
– ¿Qué vamos a hacer?
– Nada -respondí-. Esa embarcación es más veloz que la nuestra y tiene más armamento. Lo mejor que puedes hacer es ir abajo, meterte en la cama y quedarte allí. Yo me ocuparé de las cosas aquí arriba.
Ella sacudió la cabeza.
– No permitiré que me arresten. Me entregarán a la policía y…
– Nadie va a detenerte -dije, y le toqué la mejilla para tranquilizarla-. Yo creo que sólo echarán una ojeada. Haz lo que te digo y no pasará nada.
Cerré el acelerador y puse el cambio de marcha en punto muerto. Cuando salí de la cabina del timón, la luz cegadora del reflector me dio en el rostro. Me sentía como un gorila gigante en lo alto de un rascacielos con la patrullera que daba vueltas a mí alrededor desde lejos. Fui hasta la popa, me tomé otra copa y esperé tranquilo a que hicieran lo suyo.
Al cabo de unos minutos, un oficial de uniforme blanco se acercó a la banda de estribor de la patrullera con un megáfono en la mano.
– Estamos buscando a unos marineros -dijo en español-. Han robado una embarcación del puerto en Caimanera. Una embarcación como ésta.
Levanté las manos y sacudí la cabeza.
– No hay marineros yanquis en este barco.
– ¿Le importa si subimos a bordo y echamos un vistazo?
Aunque me importaba mucho, le dije al oficial que no me importaba en absoluto. No tenía mucho sentido discutir.
