– ¿Qué te dijo Marina de mí?

– Todo lo que necesitaba saber. Digamos que dejé de escuchar cuando dijo que habías matado a un poli. Eso puso punto final a la función. Al menos, a la mía.

– Hablas como si no lo aprobases.

– Los polis son iguales que todos los demás -dije-. Algunos buenos y otros malos. Yo también fui poli una vez. Hace mucho tiempo.

– Lo hice por la revolución -afirmó.

– Ya suponía que no lo hiciste por un coco.

– Era un hijoputa y se la tenían jurada, y yo lo hice por…

– Lo sé, lo hiciste por la revolución.

– ¿No crees que Cuba necesita una revolución?

– No niego que las cosas podrían ir mejor. Pero toda revolución arde muy bien antes de convertirse en cenizas. La tuya será como todas las que ha habido antes. Te lo garantizo.

Melba sacudía su bonita cabeza pero, animado por el tema, continué hablando.

– Porque, cuando alguien habla de construir una sociedad mejor, puedes estar segura de que está planeando utilizar un par de cartuchos de dinamita.

Después de aquello, ella permaneció en silencio y yo también.

Nos detuvimos un rato en Santa Clara. A unos trescientos kilómetros al este de La Habana, era una ciudad pintoresca y sin nada destacable, con un parque central rodeado por varios edificios viejos y hoteles. Melba se largó por su cuenta. Yo me senté en la terraza del Hotel Central y comí solo, lo cual me sentó muy bien. Cuando ella reapareció, reanudamos el diálogo.

Aún no había oscurecido cuando llegamos a Camagüey. Estaba llena de casas triangulares y grandes jarrones de cerámica llenos de flores. No sabía por qué y nunca se me ocurrió preguntarlo. Paralelo a la autopista, un tren de mercancías circulaba en dirección opuesta, cargado con madera de los bosques de la región.

– Pararemos aquí -anuncié.



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