
– Sin duda sería mejor continuar viaje.
– ¿Sabes conducir?
– No.
– Pues yo tampoco. Ya no. Estoy rendido. Faltan otros trescientos veinte kilómetros hasta Santiago y, si no paramos pronto, nos despertaremos en la morgue.
Cerca de una cervecería -una de las pocas en la isla- pasamos junto a un coche de la policía, algo que me hizo pensar de nuevo en Melba y el asesinato que había cometido.
– Si mataste a un poli, te querrán pillar como sea -dije.
– Van como locos. Volaron la casa donde trabajaba. Varias de las chicas resultaron muertas o heridas de gravedad.
– ¿Es por eso que doña Marina aceptó ayudarte para salir de La Habana? -Asentí-. Sí, ahora tiene sentido. Cuando destruyen una casa, es malo para todos. En ese caso será más seguro si compartimos una habitación. Diré que eres mi esposa. De esa manera no tendrás que mostrar tu tarjeta de identidad.
– Escucha, señor Hausner, te agradezco mucho que me lleves contigo a Haití. Pero hay una cosa que deberías saber. Me ofrecí voluntaria para hacer el papel de puta sólo para acercarme al capitán Balart.
– Me preguntaba sobre eso.
– Lo hice por…
– La revolución. Lo sé. Escucha, Melba, tu virtud, si es que aún queda algo de ella, está a salvo conmigo. Te lo dije, estoy cansado. Podría dormir sobre una hoguera. Pero me conformaré con una silla o un sofá, y tú te puedes quedar con la cama.
– Gracias, señor.
– Y deja de llamarme así. Me llamo Carlos. Llámame así. Se supone que soy tu marido, ¿lo recuerdas?
Nos alojamos en el Gran Hotel, en el centro de la ciudad, y subimos a la habitación. Me fui directamente a la cama, es decir que dormí en el suelo. Durante el verano de 1941 alguno de los suelos donde dormí en Rusia eran las camas más cómodas que había tenido, sólo que ésta no lo era tanto. Claro que ahora no estaba tan agotado como lo había estado entonces. Alrededor de las dos de la mañana me desperté y me la encontré envuelta en una sábana y arrodillada a mi lado.
