Unos ojos grandes, tan poco corrientes, miraban atentamente a Marina esperando la respuesta..Una sonrisa apenas perceptible se marcaba en los labios verdosos de una bella boca curvada. Y no por primera vez acudió a la mente de Marina la idea de que Guianeya fingía, de que ella sabía el idioma de la Tierra y secretamente leía los diarios y las revistas.


 — No — contestó maquinalmente Marina en su lengua natal —. No la construyó, sino que propuso la idea.


 — ¿Qué ha dicho usted? — preguntó Guianeya.


«¡Si finge, es con mucho arte! Pero ¿puede ser que no sepa el ruso, sino otro idioma cualquiera?”


Marina tradujo al idioma de la huésped lo que había dicho.


 — ¡Allá viene! — dijo uno refiriéndose al sharex.


En la lejanía, allí donde los «rieles» de la vía parecían fundirse en una línea recta fina, apareció un refulgente punto. Se acercaba vertiginosamente. El zumbido bajo, alargado, se intensificaba cada segundo.


El «chófer» del vechebús amablemente informaba:


 — El sharex marcha a una velocidad de seiscientos y diez kilómetros por hora, o sea, de ciento sesenta y nueve y diecisiete centésimas de metro por segundo.


Mientras resonaba esta frase, el expreso había recorrido cerca de dos kilómetros y se encontraba ya muy cerca. Se podía ver la forma alargada, idealmente aerodinámica del cuerpo del vagón de cabeza, construido de metal plateado. Detrás del expreso se extendía la cola del torbellino de aire que podía verse claramente a los rayos solares.


Algunos de los espectadores de la colina se taparon los oídos. Al potente zumbido se unió el silbido cada vez más fuerte.



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