Guianeya estaba inmóvil sin apartar los ojos del expreso que se aproximaba. Muchas veces había ido en el sharex, pero ni una sola vez lo había visto desde fuera durante su marcha. ¿Le decía algo el aspecto del tren superrápido, despertaba recuerdos en ella?


¿Quién podía contestar esto?


En el momento en que el tren pasó junto a la colina, cual relámpago plateado, golpeando a los espectadores con su fuerte onda de aire, Marina miró casualmente la cara de Guianeya y pudo observar cómo brilló un fuego en los ojos negros de su acompañante.


¿A qué podía estar relacionado? ¿Qué lo había provocado? ¿Era la admiración ante la potente técnica de la Tierra, o... era una burla por su atraso?


Cuando el sharex desapareció en la línea opuesta del horizonte y dejó de sonar su zumbido para los oídos de las personas, Marina preguntó:


 — ¿Cuál es su impresión?


Pero Guianeya dio por callada la respuesta.


2


Las dos muchachas no sabían que la persona de la que hacía un rato habían hablado se encontraba en el expreso que acababa de pasar velozmente cerca de ellas.


Víktor Murátov estaba sentado en un blando sillón, junto a la pared del vagón, y examinaba atentamente las páginas de un manuscrito.


Por los periódicos había sabido, como lo sabían todos, que Guianeya se dirigía a Poltava y con ella, como es natural, iba su hermana menor. Pero de ninguna forma le podía venir a la mente la idea de que hacía un minuto había estado muy cerca de ellas.


Incluso si hubiera mirado por la ventanilla, debido a la velocidad que llevaban, no hubiera podido notar al grupo de personas que estaba en la pequeña colina.


Era un hombre de treinta y cinco años, muy alto, de rostro fuertemente tostado por el sol, y de complexión atlética. Tenía lo mismo que su hermana espesos cabellos negros y ojos oscuros, caídos oblicuamente. Esto le hacía un poco parecido a Guianeya.



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