Pero él mismo no había notado este parecido, que sin duda alguna saltaba a la vista.


Es cierto, que una vez, en un día muy memorable, le dijeron esto, pero Murátov pronto lo olvidó.


Y no lo recordaba incluso ahora cuando delante de sus ojos estaba la fotografía de Guianeya, pegada a una de las páginas del manuscrito.


Ni tan siquiera la miró, pues no tenía ninguna necesidad, ya que él, entre otras pocas personas, fue el primero que vio a la forastera de otro mundo, y sus rasgos se quedaron grabados para siempre en su memoria. Fueron demasiado extraordinarias las circunstancias y el lugar donde tuvo lugar esta primera entrevista.


Leyendo rápidamente la última página, mejor dicho, dándole sólo un vistazo, Murátov colocó las hojas igualándolas cuidadosamente, y, doblando el manuscrito por la mitad, lo metió en el bolsillo.


 — ¡No, esto no es así! — dijo encongiendose de hombros.


 — ¿Qué no es así? — preguntó un hombre de edad más bien ya un anciano, de blancos cabellos que estaba sentado a su lado en un sillón igual.


 — No es justo lo que escribe el autor. — Muratóv se tocó el bolsillo donde estaba el manu; crito —. Es una teoría más sobre la aparición cK Guianeya. Me han pedido que la lea y les dé mi opinión.


 — ¿Y es negativa?


 — Sí, según usted ve.


 — Perdóneme ¿quién es usted?


Murátov dio su apellido.


 — Lo he oído en más de una ocasión — dijo el anciano —. A propósito, este mismo sharex, en el que vamos, ¿es invención suya?


Murátov se sonrió. Era raro encontrar una persona que no supiera quién había sido el constructor del sharex.



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