— No — contestó —, en la invención del sharex, según usted se expresa, yo no he tenido nada que ver. De lo único que soy culpable es de un pequeño cambio en la forma de la vía, pero nada más.


 — Sí, sí — dijo el anciano —. Tiene usted razón, ahora recuerdo. Le pido perdón. Pero ya que nos hemos encontrado, si usted no tiene inconveniente me atrevo a hacerle otra pregunta.


«¿Quién será? — pensó Murátov —. Incluso la manera que tiene de hablar es algo rara».


 — Con mucho gusto — dijo en voz alta.


 — Voy en el expreso — comenzó el anciano —. Todo el recorrido dura dos horas. En mi tiempo para esto se necesitaba todo un día en un tren rápido. Voy, y no sé a qué se debe que el sharex se deslice a esta velocidad de locura...


 — ¿Por qué de locura?


 — No sé — dijo enfadado el anciano —. Para usted es posible que le parezca lo más natural, pero para mí... para mí no es así. Por eso sea usted amable y explíquemelo, haga el favor.


Murátov miró atentamente a su interlocutor. Era una persona anciana, muy anciana.


Ahora cuando la ciencia había alargado en mucho la juventud del organismo humano, un rostro tan arrugado se encontraba con poca frecuencia, y el hecho mismo de que no supiera cosas que eran bien conocidas para los niños, indicaba que era una persona de la más venerable edad.


 — Perdóneme — dijo, imitando la anticuada manera de hablar de su acompañante — ¿tendría la bondad de decirme cuántos años tiene?


El anciano rompió a reír alegremente.


 — No tengo la menor duda — dijo el anciano — de que usted se pregunta: ¿de dónde habrá salido este ignorante? No contradiga, no me he ofendido. Es completamente natural que usted haya pensado esto. Claro está que desde el punto de vista moderno yo sé poco, pero en algún tiempo era considerado como una persona culta. Enseñé a otros. ¿Es difícil creerlo, verdad? — y de nuevo se rió con un ligero tono de pesadumbre, según le pareció a Murátov.



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