Una suposición acudió a la mente de Murátov. ¿Era posible que fuera el mismo Bolótnikov? Era parecido. En aquellos tiempos todavía nombraban a las personas, no sólo por su nombre, sino también por su patronímico...


 — Usted se equivoca, Nicolái Adámovich — dijo él —, nadie le considera un ignorante.


Al anciano no le causaron asombro las palabras de Murátov.


 — Usted ha acertado — se sonrió —. Sí, yo soy Bolótnikov, Nikolái Adámovich, doctor en ciencias biológicas en la segunda mitad del siglo pasado. Tengo noventa y siete años. Y si añadimos el tiempo que yo pasé dormido, entonces son ciento veintidós.


 — Dormido... — repitió maquinalmente Murátov.


 — No propiamente dormido, sino en anabiosis. La diferencia no es grande. La anabiosis es lo mismo que el sueño sólo que más profundo.


Murátov recordó todo.


Esto tuvo lugar en los días de su infancia, a comienzos de siglo. La inmersión en un sueño profundo o en estado de anabiosis, como un medio de prolongar la vida, fue un tema de discusiones interminables entre los médicos y los biólogos. Este método, junto con otros, fue reconocido como digno de atención pero no en todos los casos. Los experimentos en animales demostraron que se conseguía un mayor efecto cuando se aplicaba la anabiosis en los organismos envejecidos. Fue necesario realizar el experimento en una persona. Y se ofreció Bolótnikov, profesor de noventa y tres años.


Murátov recordaba las fotografías que publicaron las revistas, que él, entonces niño, miraba con curiosidad. Evidentemente el rostro de Bolótnikov no le había producido una gran impresión, ya que lo había olvidado y no lo había reconocido inmediatamente.



16 из 307