
Bolótnikov había vuelto a la vida hacía cuatro años. Precisamente cuando Murátov se encontraba lejos, enfrascado en sus cosas, y no había reparado en aquel acontecimiento.
Miraba con curiosidad a su acompañante. ¡Esta persona era coetánea de la Revolución de Octubre! Precisamente este hecho fue el que causó la mayor admiración hace veintinueve años al pequeño Víktor.
— Ahora no le debe causar asombro mi ignorancia en muchos problemas — continuó el viejo profesor —. Cuatro años es un plazo no grande. Apenas he tenido tiempo de conocer los avances conseguidos en la biología, que es mi dominio. Todo lo demás ha sido como si se deslizara delante de mi vista.
— Comprendo — dijo Murátov —. Estoy muy satisfecho de esta entrevista tan interesante. Tengo suerte para encontrarme con personas famosas. Puede ser que usted no lo sepa, pero a Guianeya...
— Lo sé... — interrumpió Bolótnikov, y miró al reloj —. A nuestra disposición han quedado sólo quince minutos. Me apeo en Poltava.
— Hay bastante tiempo — dijo Murátov —. ¿Usted quiere saber cómo se mueve el sharex?
— Sí, si para usted no es una molestia.
— ¿Usted, claro está, conoce las corrientes de extra-alta frecuencia? — Bolótnikov asintió con la cabeza —. Si la memoria no me traiciona, en el día que usted abandonó la vida las transmitían por cables subterráneos. Los autobuses, que tomaban energía de estos cables para sus motores, o como se les llama ahora, vechebuses, existían ya entonces...
— Usted quiere decir que el sharex...
— Precisamente. Sólo que ahora las corrientes de extra-alta frecuencia no van por cables. Se ha encontrado el método de transmitirlas directamente por el aire, como las ondas de radio, y además sin ninguna pérdida.
