
Todo esto es lo que da la posibilidad de desarrollar esa... velocidad de locura a la que usted se refería — concluyó Murátov y se sonrió.
— ¡Usted no perdona nada! — dijo Bolótnikov —. Gracias, querido. Todo está claro. No en balde decían en la antigüedad: «Quien las sabe las tañe». Lo ha explicado usted sencilla y completamente. Nos acercamos a Poltava — añadió, mirando por la enorme ventanilla que ocupaba toda la longitud del vagón.
El sharex continuaba deslizándose con la misma velocidad. Tras el limpio cristal se extendía el panorama de la enorme ciudad. Se perdían en la altura del cielo las agujas de los rascacielos.
— No, esto todavía no es Poltava — dijo Murátov —. Es Selena, una ciudad completamente nueva, que ha surgido durante los últimos cinco años alrededor del cohetódromo. Son las afueras de Poltava.
— Magníficos suburbios — dijo sonriendo Bolótnikov —. Son mayores que las antiguas capitales. A propósito, yo estuve aquí la última vez exactamente hace cien años; ésta era una ciudad relativamente pequeña. Me refiero, claro está, a Poltava, no a Selena.
El sharex comenzaba a disminuir la velocidad. El potente zumbido que casi no se oía en el interior de los vagones, ahora parecía desaparecer por completo. Era posible que el aparato automático que dirigía el tren hubiera desconectado los motores, calculando que la inercia era suficiente para llegar al andén de la estación.
