Ya que él parecía hablar para sí mismo, Gracie no respondió. Estaba intentando asimilar el increíble hecho de que ese hombre la había confundido a ella, -la última virgen de treinta años del planeta- con ¡una stripper!

Era embarazoso.

Aterrador.

¡Era emocionante!

Otra vez, la miró críticamente.

– La última chica que nos envió Stella vino vestida de monja. Bobby Tom casi se muere de risa. Pero estaba más maquillada. A Bobby Tom le gustan las mujeres con más maquillaje. Puedes hacerlo arriba.

Era el mejor momento para poner fin a ese malentendido, se aclaró la voz-: Desafortunadamente, señor…

– Bruno. Bruno Metucci. Jugué con los Stars en la época en la que Bert Somerville llevaba la batuta. Desde luego, nunca fui tan bueno como Bobby Tom.

– Entiendo. Bueno, lo que pasa es que…

Un chillido de mujer surgió del jacuzzi y la distrajo. Levantó la vista para ver a Bobby Tom mirando con indulgencia a las mujeres que retozaban a sus pies, mientras en la ventana a sus espaldas se veía brillar tenuemente en la distancia las luces del lago Michigan. Por un momento tuvo la ilusión de que él flotaba en el espacio, un vaquero cósmico, con su stetson, sus botas y su albornoz, un hombre que no estaba gobernado por las mismas reglas gravitatorias con las que los ordinarios mortales estaban atados a la tierra. Parecía llevar puestas espuelas invisibles en esas botas, espuelas que giraban a velocidad supersónica, como una rueda de chispas brillantes que iluminaban todo lo que él hacía en su vida.

– Bobby Tom, me dijiste que me volverías a hacer las preguntas -dijo una de las mujeres desde las burbujas del jacuzzi.

Lo había dicho bastante alto y se oyeron gritos de ánimo cada vez más elevados entre los invitados. Como si fueran un solo cuerpo, todos se giraron hacia la plataforma, aguardando su respuesta.



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