Una nueva ráfaga de ruidos soeces se elevó sobre la música que salía del radiocasete. Con lentitud, ella levantó la pierna derecha varios centímetros y estiró el pie dentro de su zapato negro. Una vez más volvieron a reírse.

– ¡Así!

– ¡Enséñanos más!

La distancia entre Bobby Tom y ella parecía ahora de unos cien kilómetros. Tirando con fuerza de la falda de su traje azul marino, le dio la espalda con indecisión. Más silbidos se unieron a la risa cuando la bastilla llegó a la altura de la rodilla.

– ¡Eres ardiente, nena! ¡Nos encanta!

– ¡Quítate la peluca!

Bruno se adelantó de entre la gente para dibujar un círculo con el dedo índice. Al principio no entendió lo que quería, pero luego se dio cuenta de que le ordenada girarse hacia Bobby Tom mientras se desvestía. Tragando saliva, se enfrentó a esos ojos azul oscuro.

Él echó el stetson hacia atrás sobre su cabeza y habló en voz alta para que pudiera oírle:

– Deja las perlas para el final, cariño. Me gustan las damas con perlas.

– ¡Nos aburrimos! -gritó uno de los hombres a voz en cuello-. ¡Quítate algo!

Ella casi perdió el valor. Sólo el pensar qué diría su superior si salía a toda mecha de la casa sin haber cumplido su misión hizo que se envarara. ¡Gracie Snow no huía! Este trabajo era la oportunidad que había estado esperando toda su vida, y no iba a acobardarse ante la primera adversidad.

Lentamente se quitó la chaqueta. Bobby Tom le sonrió aprobatoriamente, como si ella hubiera hecho algo asombroso. Los tres metros que todavía les separaban parecían un millón de kilómetros. Él puso el tobillo de una de sus botas de vaquero sobre la rodilla opuesta, y el albornoz se abrió involuntariamente para revelar un muslo desnudo, poderosamente fuerte. La chaqueta se le cayó de los dedos.

– Así, corazón. Lo estás haciendo muy bien. -Sus ojos centellearon de admiración, como si fuera la bailarina con más talento que hubiera visto en su vida en vez de la más inepta.



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