
– Me voy de… ¡oh! -Sus hábiles dedos había manipulado sus ropas como si no tuvieran más consistencia que un kleenex y la blusa se abrió. Con toda la fuerza que pudo reunir, se escapó de su regazo únicamente para sentir como su falda se deslizaba hasta sus tobillos.
Mortificada, se agachó rápidamente para cogerla. Su cara se puso como un tomate mientras tiraba bruscamente para colocarla en su sitio. ¿Cómo una mujer orgullosa de su organización y eficiencia podía estar envuelta en algo tan abrumador? Agarrando firmemente la blusa se obligó a enfrentarse a él.
– ¡No soy una stripper!
– ¿No? -Sacó un cigarro del bolsillo del pecho de su albornoz y lo giró entre sus dedos. Se dio cuenta de que no parecía asombrado por su declaración.
Sus palabras obtuvieron la atención de los invitados más cercanos a ella, y vio que sus planes de una conversación privada se evaporaban rápidamente. Bajó la voz hasta que no fue nada más que un susurro.
– Esto es un terrible error. ¿Crees que parezco una stripper?
Él colocó el cigarro apagado entre sus dientes y, paseando sus ojos por ella con lentitud, dijo en tono normal:
– Respecto a eso, algunas veces es difícil notarlo. La última que entró aquí iba vestida de monja y era tan bonita como para rejuvenecer a Mick Jagger.
Alguien había desconectado la música, y un antinatural silencio había caído sobre la gente. A pesar de su determinación de mantener el autocontrol, no pudo controlar su voz. Cogió rápidamente la chaqueta del traje que había dejado caer anteriormente.
– Por favor, Sr. Denton. ¿Podemos hablar en privado?
Él suspiró y se levantó de la roca.
– Supongo. Pero me tienes que prometer que no te desnudarás. No sería justo que yo te viera desnuda y mis invitados no.
– ¡Le prometo, Sr. Denton, que nunca me verá desnuda!
Él pareció no creérselo.
– No tengo la intención de cuestionar tu buena voluntad, cariño, pero a juzgar por mi historial, a lo mejor no te puedes resistir.
