
Presionó el timbre dos veces seguidas y retiró otro caprichoso mechón de pelo hacia su trenza despeinada. Había esperado que su nueva permanente eliminase la necesidad de utilizar ese peinado tan anticuado pero cómodo, que había utilizado sin descanso durante la década anterior. Había imaginado algo suave y ondulado que la hiciera sentir una mujer nueva y la permanente de Mister Ed era tan marcada que no se acercaba ni de lejos a lo que ella tenía en mente.
¿Por qué no había recordado a tiempo sus años de adolescente cuando todos sus esfuerzos de autosuperación habían resultado desastrosos? Se había pasado meses con el pelo verde por haber calculado mal la cantidad de peróxido de un tinte y otra vez se le había puesto la piel hecha un desastre por una reacción alérgica a una crema para pecas. Aún oía las carcajadas de sus compañeros de clase de secundaria cuando los algodones que rellenaban su sujetador se habían movido mientras comentaba para la clase un libro de lectura obligada. Ese incidente había sido un golpe mortal y en ese mismo momento se había prometido a si misma aceptar las francas palabras que su madre había dicho desde que Gracie tenía seis años:
Desciendes de una larga serie de mujeres feas, Gracie Snow. Acepta que nunca serás guapa y vivirás bastante más feliz.
Era de altura mediana, ni lo suficientemente baja como para ser graciosa, ni lo suficientemente alta para resultar esbelta. Aunque no estaba precisamente plana, se encontraba en el nivel más cercano. Sus ojos no eran ni ardientemente castaños ni chispeantemente azules, sino de un gris de difícil descripción.
