– No me gusta presionarte más -intervino Farran-, pero, ¿acaso has olvidado que la tía Hetty será enterrada mañana al medio día?

– ¡Dios! -exclamó Georgia, horrorizada-. Lo olvidé… -se quedó pensativa unos instantes-. No puedo ir -concluyó con rapidez-. Tú y papá tendrán que ir sin mí.

– ¿No… hay forma de que puedas asistir? -Farran pensaba que el hecho de que hubiera un lazo de sangre entre la tía Hetty y Georgia, hacía más importante el que su hermanastra fuera y no tanto que ella misma estuviera presente.

Pero Georgia negó con la cabeza.

– ¿Cómo?

Farran apenas la vio a la mañana siguiente en que Georgia partió muy temprano para su trabajo.

– Espero que tengas un día más fácil hoy -deseó Farran al verla marcharse.

– Es algo imposible -contestó Georgia. Estaba a punto de salir por la puerta cuando se regresó-. Ya se lo mencioné a mi padre, pero es probable que lo olvide. Como irán a Selborne antes y después del funeral -Selborne era el nombre de la casa de la tía Hetty-, ¿podrías recogerme el testamento?

– ¿No crees que la señora King, quien lo ha arreglado todo, le habrá dado ya el testamento al abogado de la tía Hetty? -preguntó Farran, después de entender a qué se refería su hermanastra.

– No lo creo -replicó Georgia-. Sólo los más allegados a la familia saben que la tía guardaba sus papeles de importancia en una caja de galletas, en la parte del fondo de ese viejo armario de su vestidor.

Farran sintió afecto por su hermanastra al oír que ésta la incluía como parte de "los allegados a la familia", puesto que la tía Hetty le mostró varias veces a Farran la caja de marras. La chica le prometió que traería el testamento a su vuelta. Georgia comentó que llevaría el testamento a sus propios abogados para acelerar las cosas, el miércoles. Luego se fue al trabajo.

Como no quiso molestar a su padrastro, Farran esperó a que sólo faltaran cuarenta minutos para que partieran al pueblo de High Monkton, antes de decirle que se preparara.



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