
Al acercarse a la puerta del taller, olió algo raro. El olor se intensificó y, al entrar, vio que su padrastro tardaría varias horas en quedar limpio.
– He tenido un ligero accidente con el aceite -alzó la vista para explicar lo sucedido. A Farran le pareció que tuvo intenciones de inundar el piso con aceite y, a juzgar por su rostro y cabello, también se dio un baño con él-. Acaba de suceder, pero será mejor que limpie este desastre.
Farran lo miró a él y al piso, que parecía necesitar varios kilos de detergente, y tomó una decisión.
– ¿Puedo tomar tu coche prestado?
– ¿Irás?-inquirió con alegría.
Farran condujo sola a High Monkton y, con cada kilómetro recorrido, se deprimió más. De pronto, le parecía que su vida no tenía sentido ni dirección.
Tuvo que pararse en un embotellamiento y decidió que, como ya estaba casi en High Monkton, no tenía caso ir primero a Selborne y luego a la iglesia, casi de inmediato. Desconsolada, se dirigió a la iglesia.
Su tristeza se ahondó cuando vio cómo los sepultureros entraban con el ataúd de la señorita Newbold. Rezó una oración por ella, pero al empezar la misa, se desconcentró. Cuando la misa terminó. Farran se sintió peor que nunca en su vida.
Salió de la iglesia con el deseo desesperado de no pensar más en Russell Ottley. Este no tenía lugar en el sitio en donde se oraba por la memoria de la tía Hetty.
Tragó saliva y trató de recobrar la compostura pero, de pronto, sintió que alguien la miraba. Miró hacia su izquierda y casi apartó la vista de nuevo.
Mas no la apartó. Aunque no estuvo consciente de si hubo diez personas o cien en la iglesia, de pronto estuvo muy consciente del hombre alto que la miraba. No sólo la miraba, sino que la observaba con fijeza y frialdad. Sin poder creerlo, pues estaba más acostumbrada a que los hombres la admiraran, Farran se percató de que no había admiración en los ojos de ese hombre. ¡Sólo un profundo desprecio!
