
Sorprendida de que alguien pudiera mirarla con desprecio, Farran se aseguró de no haber interpretado mal la mirada. No era así, puesto que estaba a menos de tres metros de distancia y lo suficientemente cerca para que la chica pudiera ver su nariz recta y arrogante y su barbilla firme.
La siguió mirando por debajo de la nariz y Farran decidió que le devolvería la misma mirada. Pero antes de poder hacerlo, una mujer de aspecto muy desagradable, anciana, que se colgaba del brazo del hombre, le dijo algo para atraer su atención.
Farran alzó la barbilla una fracción más alto y se dirigió a su auto. ¡Cerdo arrogante!, nombró en su mente al extraño. ¿Quién demonios creía que era, para observarla de ese modo?
De cualquier manera, no le importaba ni un comino, se dijo a sí misma al abrir la puerta del auto. A menos de que él se dirigiera también a la casa, y hubo algo en su apariencia que sugirió que no sería así, la chica no lo volvería a ver nunca más.
De alguna manera, nunca se le ocurrió que, de sentirse deprimida y casi obsesionada por Russell Ottley, a quien no podía sacarse de los pensamientos, ahora se sentía muy enojada y no había pensado en Russell Ottley durante, unos cuantos minutos.
Capítulo 2
Para fastidio de Farran, volvió a ver al extraño. No quiso ir a Selborne sino regresar a Banford, pero como Georgia quería mostrar el testamento a los abogados al día siguiente, tuvo que ir a la casa de la tía Hetty.
Cuando Farran entró en la casa, no reconoció a nadie. Había menos de doce personas reunidas en la sala de estar y, aparte de él, todas parecían ser matronas ancianas. Farran lo vio a él de inmediato, aunque fingió no hacerlo. Estaba parado cerca de la mujer de aspecto desagradable, a quien vio antes, la cual estaba sentada y dando órdenes, con malos modos, a una mujer cincuentona y atareada.
