
Farran lo miró con dureza y deseó que no fuera el tipo de hombre que, si le diera una patada, se la devolvería sin dudarlo. Pero no podía defenderse en contra de la acusación de haber entrado en el vestidor de la señorita Newbold para hurgar en cosas que no le pertenecían, aun cuando las pesquisas no las hizo en su favor sino en el de Georgia. Así, después de ser tratada como si fuera una mujer mezquina, sólo le quedaba el ataque para defenderse.
Hizo acopio de dignidad y se dirigió a la puerta.
– Ojalá y le aproveche su herencia -le dijo al pasar frente a él-. Es obvio que ha trabajado mucho estos últimos doce mes para conseguirla.
Pero, sus esperanzas de salir del cuarto con la última palabra se frustraron al oír el comentario de Stallard Beauchamp, quien parecía ser el ganador en lo que a últimas palabras se refería.
– Siendo el tipo de mujer que usted es -contestó antes de que Farran pudiera abrir la puerta-, habría sido imposible que pensara otra cosa.
Farran casi llegaba a Banford antes de poderse calmar. Desde su punto de vista, Stallard Beauchamp era un tipo execrable. Después de llamarlo con todos los adjetivos y sustantivos más horribles y desagradables que se le ocurrieron, se percató de que en vez de gastar sus energías en él, debía concentrarse en la manera menos difícil de contarle a Georgia lo sucedido.
Al entrar en la casa, Farran vio primero a Henry Presten y entonces fue cuando se le ocurrió que la herencia de su padrastro también significaba mucho para éste. Quería tener un torno nuevo y, puesto que nadie pensó que la señorita Newbold hubiera podido cambiar su testamento, no una sino dos veces, Farran se dio cuenta de que quizá ya habría ordenado el torno nuevo.
