
– ¿Cómo estuvo todo? -inquirió el padrastro al dirigirse hacia el taller.
– El funeral estuvo bien, pero…
– Bien, bien -Henry no pareció oír el "pero" y siguió su camino.
Quizá, se imaginó la chica con cierta cobardía, sería mejor decírselo cuando Georgia estuviera presente. Quizá padre e hija se consolarían uno a otro por la pérdida de la fortuna.
Mas nada pudo consolar a Georgia cuando ésta llegó a casa. No pudo esperar hasta la hora de cenar y, tan pronto como entró en la casa, se dirigió a la sala de estar en donde estaba Farran.
– ¿Lo tienes? -esa fue la primera pregunta, evitando hacer toda alusión al funeral.
– Creo que será mejor que te sientes -replicó Farran y le narró, tan rápido como pudo, todo lo que sucedió desde que casi tuvo un infarto al oír la voz de Stallard Beauchamp que inquirió con suavidad: "¿Es esto le que busca?"
– No puedo creerlo -jadeó Georgia; palideció tanto que el rubor de sus mejillas sobresalió mucho. Acto seguido, le pidió a Farran que le contara todo de nuevo.
Después de la segunda vez, Farran sintió más simpatía por su hermanastra, ya que ésta no pareció molestarse al enterarse de que la tía Hetty la incluyó, en el primer cambio de testamento, para heredarle la tercera parte de la fortuna. Pero Georgia sí se molestó mucho al enterarse de que un perfecto extraño heredara la totalidad del dinero de la señorita Newbold.
Destrozada por lo que eso provocaría a su negocio, Georgia lloró de rabia.
– Debemos conseguir esa herencia. Además de haber pedido un amplio crédito en el banco, ya le he contado a demasiadas clientas y amigas mis planes, para retractarme ahora. Seré el hazmerreír de todo Banford si no sigo adelante con ellos.
Farran pasó casi todo el día siguiente entristecida por su hermanastra. Pero no dejó de admirar el estoicismo con el que Henry Presten recibió la noticia. Al principio se lamentó de no poder conseguir ahora un nuevo torno, pero pronto estuvo concentrado en otros asuntos… como el invento en que el trabajaba.
