
Cuando Farran no pensaba en Georgia o en su padrastro, recordaba a Russell Ottley y a ese otro reptil al que tuvo la desgracia de conocer el día anterior. Cuando pensar en Stallard Beauchamp sólo lograba enfurecerla, se concentraba entonces en el hecho de que era una desempleada. El entusiasmo que necesitaba para ir en busca de un empleo la evadió.
Cuando se acercó la hora en que su hermanastra llegaría a la casa, Farran esperó que Georgia hubiera ya empezado a aceptar que no recibiría la herencia de la tía Hetty. Y sí, le pareció que sus deseos se cumplieron al ver llegar a Georgia esa tarde a casa.
Farran estaba ayudando a la señora Fenner en la cocina, cuando Georgia entró en la casa. Farran se percató con alivio de que parecía estar mucho más contenta con su suerte que ayer.
Farran contuvo el impulso de hablar del tema que con seguridad estaba en la mente de todos. Era claro que Georgia intentaba olvidar el duro golpe recibido, al charlar con su padre acerca de la jornada. Farran decidió que no serviría de nada recordarle la fuerte desilusión.
– Si a nadie le importa -Henry Preston se dirigió a su hija y a su hijastra-, regresaré al taller… Debo resolver un problemilla… -murmuró y siguió murmurando cosas mientras salía de la habitación.
Después le llevaré una taza de café, pensó Farran con afecto. De pronto, se percató de que Georgia la miraba con fijeza, con un brillo de decisión sus ojos azules. Sabía que Georgia quería hacer algo. Algo que, al igual que en otras ocasiones, no le iba a agradar a Farran.
Estuvo segura de ello cuando Georgia dijo:
– Farran…
– ¡No! -interrumpió la aludida, pero con suavidad porque sabía que Georgia debió sufrir mucho por lo sucedido.
