
Farran tenía los ojos abiertos como platos cuando su hermanastra terminó de hablar.
– No hablas en serio… ¿verdad?
– Claro que sí -replicó Georgia.
Farran intentó que desistiera de la idea a la mañana siguiente, mientras desayunaban.
– ¡Pero nunca lo has visto! -protestó. La noche anterior ya había agotado todos sus argumentos-. No tienes idea de cómo es.
– Es un hombre, ¿no? También un soltero que, según me dijeron mis abogados, no parece dispuesto a sentar cabeza, pero tiene afición por las mujeres bonitas, según los rumores.
– Entonces tú ve a verlo -sugirió Farran con rapidez-. Eres muy hermosa y…
– Mi belleza es artificial -Georgia tenía una respuesta para todo-. La tuya es natural -prosiguió-. Te ves bien sin maquillaje, mientras que yo… no me pueden ver hasta que haya pasado media hora sentada frente al espejo del tocador.
– Exageras -Farran estaba sombría, pues sentía que, al final, haría lo que Georgia pedía.
– Tú recibirás una tercera parte de la fortuna, si él está de acuerdo en anular el último testamento.
– ¡Ja! -rezongó Farran sin el menor entusiasmo.
– No sé cómo puedes portarte así -Georgia ejerció aún más presión sobre Farran-. Ya te conté mis planes para ampliar mi negocio. Y sabes que mi papá desea mucho un torno nuevo.
Farran recordó, incómoda, que ni Georgia ni su padre le echaron nunca en cara el haberle dado un hogar cuando su madre la abandonó. Se le ocurrió que quizá podría devolverles el favor y pagarles su generosidad.
– ¿Cómo puedo ir yo? -Georgia intentó darle otra justificación-. Linda y Christy siguen enfermas. Sabes que trabajo mucho en el salón. Si tú estuvieras trabajando o estuvieras ocupada…
– ¿Qué le digo? -Farran mordió de inmediato el anzuelo-. ¿Cómo empiezo? ¿Qué?…
– Ya se te ocurrirá algo -sonrió Georgia, y antes de que la otra pudiera cambiar de opinión, hurgó en su bolso-. Anoté el numero de teléfono de su oficina -le entregó a Farran un pedazo de papel-. Supongo que si lo llamas como a las nueve y media…
