Subieron por un tubo elevador y, de repente, el ambiente cambió y adquirió un tono de silenciosa y cómoda dignidad.

—La Embajada Imperial de Barrayar —le susurró Miles a Elli.

La esposa del embajador debía de tener buen gusto, pensó Miles. Pero el edificio olía extrañamente a cierre hermético, que al experimentado Miles se le antojó como seguridad paranoica en acción. Ah, sí, la embajada de un planeta es suelo de ese planeta. Uno se siente como en casa.

Su guía los condujo por otro tubo abajo hasta lo que era evidentemente un pasillo de oficinas (Miles divisó al pasar los sensores escáner en un arco tallado), luego atravesaron dos conjuntos de puertas automáticas hasta entrar en una oficina pequeña y silenciosa.

—Teniente lord Miles Vorkosigan, señor —anunció su guía, poniéndose firmes—. Y… su guardaespaldas.

Las manos de Miles se crisparon. Sólo un barrayarés podía deslizar un insulto tan delicado en una pausa de medio segundo entre tres palabras. Otra vez en casa.

—Gracias, sargento, retírese —dijo el capitán tras la comuconsola. Uniforme verde imperial otra vez: la embajada debía mantener las formalidades.

Miles miró con curiosidad al hombre que iba a ser, le gustara o no, su nuevo comandante en jefe. El capitán le devolvió la mirada con la misma intensidad.

Un hombre de aspecto impresionante, aunque estuviera lejos de ser guapo: pelo oscuro; ojos almendrados, sombríos; una boca dura y protegida; una gran nariz para su perfil romano a tono con el corte de pelo de oficial. Tenía las manos, gruesas y limpias, unidas en un gesto tenso. Poco más de treinta años, calculó Miles.

«¿Pero por qué me está mirando este tipo como si yo fuera un cachorrito que se le acaba de mear en la alfombra? —se preguntó—. Acabo de llegar, no he tenido tiempo de ofenderlo todavía. Oh. Dios, espero que no sea uno de esos paletos campesinos barrayareses que me ven como un mutante, un refugiado de un aborto lastrado…»



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