—Así que es usted el hijo del Gran Hombre, ¿eh? —dijo el capitán, reclinándose en su asiento con un suspiro.

A Miles se le heló la sonrisa en el rostro. Una bruma roja nubló su visión. Pudo oír su sangre batiéndole en los oídos como una marcha fúnebre. Elli, al verlo, se quedó inmóvil, sin apenas respirar. Los labios de Miles se movieron; tragó saliva. Lo intentó de nuevo.

—Sí, señor —se oyó decir, como desde una gran distancia—. ¿Y quién es usted?

Consiguió, por los pelos, no preguntar: «¿Y usted de quién es hijo?» Debía disimular la furia que retorcía su estómago; iba a tener que trabajar con ese hombre. Puede que el insulto ni siquiera fuese intencionado. No podía haberlo sido, ¿cómo iba a saber aquel desconocido cuánta sangre había derramado Miles rechazando acusaciones de privilegio, insultos a su competencia? «El mutante sólo está aquí porque su padre lo enchufó…» Le pareció oír la voz de su padre, replicando: «¡Por el amor de Dios, saca la cabeza de tu culo, muchacho!» Dejó escapar la ira con un largo y tranquilizante suspiro y ladeó la cabeza, animado.

—Oh —dijo el capitán—, sí, sólo ha hablado usted con mi ayudante, ¿verdad? Soy el capitán Duv Galeni. Agregado militar de la Embajada y, por defecto, jefe de Seguridad Imperial y del Servicio de Seguridad. Y, lo confieso, me encuentro bastante sorprendido de verle aparecer en mi cadena de mando. No tengo completamente claro qué se supone que he de hacer con usted.

No era un acento rural; la voz del capitán resultaba fría, educada, neutralmente urbana. Miles no logró situarla en la geografía barrayaresa.

—No me sorprende, señor —dijo Miles—. Yo mismo no esperaba presentarme en la Tierra, no tan tarde. Debía haberme presentado en el mando de Seguridad Imperial del Sector Dos, en Tau Ceti, hace más de un mes.



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